música

viernes, 8 de agosto de 2014

Amor hipotérmico.

Desde allí sólo se veía nevar y a ella echando de menos. Sólo una chica triste. Dibujando en el cristal de la ventana todo lo que le hubiera gustado hacer con él. Viajando en el tiempo con los ojos cerrados bailando un poco con la cabeza a ritmo de la canción de fondo.
 Vestida de blanco aprendiendo a amar sin ataduras...
Con dolor, eso sí.

Las viejas y malas cartas que no envió. Lloró.
Recortó los 'te quiero' del final y los pegó en la pared de su cuarto y el resto lo quemó.
Nadie le llegó a preguntar por qué lloraba por las noches. Nadie le abrazaba en las noches frías, ni se tiraba con ella a la piscina en verano... Se empezó a replantear qué hacía en aquel horrible lugar.
Se echó en el manto blanco de nieve que cubría todo su jardín hasta quedar completamente calada. Le tiritaban los huesos, (así, flojito, para que nadie les oyera). Amor hipotérmico. Las mejillas se le tiñeron de morado y los labios comenzaron a sangrar. Se quedó dormidita allá entre dos árboles.

Recordaba cómo se había tragado mil mentiras que se bebió antes de que éstas colmaran el vaso.

Y esperó al domingo para despedirse un poco más triste. Porque así son los domingos. Tristes. Siniestros. Aburridos. Eternos. Fríos. Solitarios. Son el día en el que se llora. Son la muerte de la semana. Son todo lo que el resto de la semana no has hecho. Son el vagón vacío del tren. La página en blanco de tu diario que te intimida cuando le amenazas con un bolígrafo. El trozo de cristal con el que te cortas. Las lágrimas. El final de un libro. El minuto 3.00 de una canción. Son el amor que se escapa entre beso y beso mientras que otro lo recoge en un abrazo. Son todo lo que la muerte tiene y que a la vida le falta.