Aún guardo el pétalo decisivo junto al 'me quiere' que espero algún día creer. Está dentro del libro que leímos juntos aquella tarde lluviosa de febrero, con nuestra lista de canciones especiales de fondo mientras nuestros corazones cantaban a la par la parte en la que decía '¿me quiere o me quiere joder?'
Tu brazo apoyado en mi hombro, mi pelo recogido en un moño a casi deshacer, improvisamos un beso. Y otro. Y otro. Y otro más. Yo te decía que pasases la página, que ya la había terminado de leer, y tú no parabas de decirme que no, que te había distraído y a ti todavía te quedaban un par de párrafos para acabar. Los pies en la mesita de enfrente y chucherías en un bol que con la mano que me quedaba libre sujetaba entonces. Otro beso. Llevaba tu camiseta, y tú no querías ponerte la mía, ¿te acuerdas? me reí mucho.
Un beso más. Y más. Y más. Otra página. Otra chuche. Otra canción.
- ¿Le apetece bailar a la señorita? - dijo.
Qué idiota, si sabía de sobra que no tenía ni la más remota idea de bailar. Le pisé los pies tropecientas veces. Nunca pasaba nada, o bueno, sí; otro beso.
Entonces tocaron al timbre. 'Perdona, mi amor' y se dirigió hasta la puerta, donde recogió un gigantesco ramo de margaritas. Ya más cerca. 'Son para ti'.
Un beso. Y otro. Y otro. Y más. Y un millón más. O dos. O mil millones de ellos.
Deshojamos todas las florecitas y por fin, la última. Perdimos la cuenta del 'me quiere, no me quiere' justo cuando solo quedaba un pétalo.
¿Me quieres...?