*Narrado por ________*
Me había quedado dormida mirando al techo y llorando la pérdida de mi otra mitad desde hacía ya un par de semanas aproximadamente.
Un terrible ruido patrocinado por las agujas del reloj empezó a adentrar en mi cabeza. Qué incómodo resultaba.
Un par de sandalias de caballero habían aterrizado en mi balcón. Me asomé temiendo que me fuera a caer una tercera a la cabeza y miré hacia arriba pensando en el desarmado del vecino. Un grito cercano:
- ¡Eh, aquí abajo, que son mías! - no puede ser, otra vez ese chico del bar.
- este es tonto - pensé en voz alta de manera inconsciente. ¡Menos mal que no pudo escucharme!
- bueno preciosa, ¿me las bajas? - me interrumpió.
Entonces volví a mantener mi monólogo interior y el nombre de Ízan resurgió por enésima vez. ¿Le bajaba el calzado? No. Yo no era tan simpática. Se las devolví utilizando el mismo camino que él para subirlas. Una le cayó en la cabeza. Solté una risilla traviesa y gritó.
El pobre.
- ¡gracias, maja! - sin duda se trataba de sarcasmo.