Tenía las pupilas desenfocadas y el alma empañada con silencio. Hacía cosa de un mes que volvía haciendo eses a casa. La calle a oscuras, aquellos jóvenes gamberros ya habían liado una de las suyas. Farolas apedreadas y algún gato negro rebuscando en la basura. Decidió largarse de allí antes de que fuera él el que causase mal fario al felino. Debía tener la cabeza puesta en el trabajo, en cosas importantes, pero, lo único que en el instante le repercutía era el estúpido destino en el que se negaba a creer. Y llovió.
Todo volvía a ser siniestro. El gato, el silencio, la luz que solo la luna daba en aquella noche borrascosa. Algunas estrellas intentaban asomarse entre las lloronas nubes. Seguía lloviendo pero esta vez no eran las calles pedregosas de la ciudad las que se encharcaban, sino más bien sus ojos.